viernes, 28 de marzo de 2014

QUE IMPOSIBILITA SER LUZ DE MUNDO, LUZ DE CRISTO.

Es humano y es lógico que un individuo normal sienta el lógico deseo de llegar a ser una persona honorable, con la debida reputación y dignidad; y que quiera alcanzar cotas de poder, influencia y reconocimiento. Todo esto es perfectamente comprensible. Porque así somos los humanos. El problema está en que, con demasiada frecuencia, esos deseos y esos sentimientos son los que imponen en la vida. Y se imponen por encima de otras cosas, situaciones y necesidades que son apremiantes y, no raras veces, de enorme gravedad. Bien sabemos que hay hombres que, por lograr un título o un puesto de altura, van por la vida dando codazos a derecha e izquierda, se van dejando tirados a los que les estorban en su pasión por trepar.

Resulta evidente que, cuando la pasión por el poder y la gloria es más determinante que la dignidad, los derechos o el sufrimiento de las personas, en tales condiciones no es posible creer en Jesús. Porque según podemos leer en los evangelios, Jesús antepuso el bien de los otros, sobre todo el bien de los más desamparados y desdichados, a su propia fama, su propia credibilidad, su propia respetabilidad. Jesús no temió incluso escandalizar. Lo primero es lo primero en la vida.

Los hombres estamos dispuestos a poner nuestra fe en el poder, el honor, el dinero, la ciencia, lo esotérico y extraño. Creemos en los dioses, en los milagros, en los ritos, en santos y curanderos. En lo que sea.

La ruina de la humanidad es que no creemos en el hombre, en el ser humano. Por eso no lo respetamos, no lo tratamos como se merece, no lo queremos, sea quien sea y se porte como se porte. Estamos ciegos.

Y para colmo de los colmos, nos encontramos con los fanáticos de la religión que son los más duros enemigos de la humanización del ser humano. Se encuentran más a gusto en su ceguera y alimentando la ceguera de todos los que no acabamos de tomar en serio la fe en el ser humano. Y esto es lo decisivo. No sólo por lo que es en sí el ser humano. Además de eso, porque en el ser humano se ha encarnado Dios y en él es donde, ante todo, encontramos a Dios.


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