sábado, 7 de junio de 2014

EVANGELIO DOMINGO 8 DE JUNIO 2014. DOMINGO DE PENTECOTÉS.

Evangelio según San Juan 20, 19-23.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

COMENTARIO.-

En Pentecostés (ó Domingo de Pentecostés) se celebra el descenso del Espíritu Santo y el inicio de la actividad de la Iglesia, por ello también se le conoce como la celebración del Espíritu Santo.

Siete semanas son cincuenta días, de ahí el nombre de “Pentecostés” (= cincuenta) que recibió más tarde. La fiesta de Pentecostés es uno de los domingos más importantes del año, después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto.

En el calendario cristiano con Pentecostés termina el tiempo pascual de los 50 días. Los cincuenta días pascuales y las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, forman una unidad. No son fiestas aisladas de acontecimientos ocurridos en el tiempo, son parte de un solo y único misterio.

Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio.

La fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tienen la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.

Tras la ida del Señor, el domingo pasado, los discípulos tienen miedo y se encuentran desconcertados. No son conscientes de la nueva buena que tienen en sus manos. Por eso, el Señor lo visita y les dice, vamos fuera de aquí. Id, a proclamar al mundo la buena noticia. Para ello, el Señor exhaló su aliento sobre ellos. Es decir, los creo de vida y les hizo ver, que ahora son ellos los que tienen que continuar la construcción del Reino de Dios, inspirados en su Espíritu.

Por eso decimos que es en Pentecostés, cuando nace la Iglesia. Es a partir de este momento, cuando los discípulos empiezan a organizarse, para poder llevar el mensaje de la buena nueva a todo el mundo. Como podemos ver Pentecostés, es la gran fiesta de la nueva creación y reconciliación.

Posiblemente, en estos momentos de nuestra vida eclesial; puede que necesitemos un pentecostés más que nunca. Iluminados por el Espíritu, necesitamos hacer una lectura más profética de nuestro horizonte y preguntarnos:

-¿Qué caminos está tratando de abrir hoy Dios para encontrarse con sus hijos e hijas en esta cultura moderna?

-¿Qué llamadas está haciendo Dios a la Iglesia de hoy para transformar nuestra manera tradicional de pensar, vivir, celebrar y comunicar la fe, de modo que propiciemos su acción en la sociedad moderna ?.

El Domingo de Pentecostés, la comunidad eclesial celebra también el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica.

Los obispos españoles de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, han publicado un mensaje para la celebración de este día, bajo el lema “La Christifideles laici a la luz de la Evangelii gaudium “ (La vocación y misión de los laicos a la luz de la Alegría del Evangelio)

Desde mi punto de vista, creo que para llevar a cabo, hoy en día, este apostolado debe de existir, en los seglares una gran exigencia de la corresponsabilidad, de la que el Concilio Vaticano II, nos habla.
La corresponsabilidad exige ir avanzando hacia una distribución adecuada de las tareas y responsabilidades en un clima de comunión y complementariedad. Todos, laicos y presbíteros, hemos de ir encontrando nuestro sitio en la comunidad eclesial. No se trata de promover a los laicos para que absorban tareas que son propias de los presbíteros. Ni tampoco de que los presbíteros lo sigan monopolizando todo, incluso lo que han de hacer los laicos. Corresponsabilidad no significa dejación por parte de los presbíteros, ni traspaso de responsabilidades propias a otros, sino distribución y animación adecuada de todos los Carismas.

Otra cosa, que quiero destacar, es que el apostolado seglar ha de estar en medio del mundo. Es lo que nos ha recordado el concilio Vaticano II: " La Iglesia está presente en el mundo y con él vive y obra”. Hemos de vivir nuestra adhesión y seguimiento a Cristo en medio de la sociedad. No podemos concebir nuestro apostolado desgajado del mundo, ajeno a los problemas e inquietudes de las gentes, insolidario con la suerte de los pueblos donde vive, sino inserto en los sufrimientos de las personas, compartiendo la vida de todos.


viernes, 6 de junio de 2014

VIVIR A DIOS DESDE DENTRO. Por José Antonio Pagola

Hace algunos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.

El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.

La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.

En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?

Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.

Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

José Antonio Pagola